
En el mundo de la crianza y la educación respetuosa el tema de los límites siempre es uno de los que más lleva al debate. En muchos casos se asocian los límites a un tipo de crianza autoritaria, a un tipo de educación basada en los principios conductistas, en premios y castigos contrarios a los de estos enfoques. Y, es cierto que en muchas ocasiones depende del contexto, las formas y las intenciones los límites se utilizan por parte de l@s adult@s como un arma para castigar, amenazar o chantajear. Con las consecuencias que ese tipo de comportamientos puede tener para el peque, como he comentado en otros artículos.
Esta asociación anterior, lleva a muchas personas con una mirada hacia la crianza o educación respetuosa, familias o educadoras acompañantes, a sentir miedo o rechazo por poner limites a los niños y niñas. Sin embargo, también he experimentado como la falta de límites puede llevar a situaciones donde los niños y las niñas pueden sentirse poco segur@s o apoyad@s. Igualmente, puede llevarles a realizar conductas que cuidan poco de sí mism@s, del entorno o de las otras personas, mostrando poca intuición para reconocer las necesidades del/a otr@. Esta situación, muchas veces, se junta con madres (o padres) que se sientes agotadas y desconectadas de ellas mismas y sus necesidades, porque se han volcado absolutamente en cubrir las del peque olvidándose de si mismas.
¿En qué quedamos entonces? Desde mi punto de vista, hay límites que son positivos si se usan para cuidar, y para el/la niñ@ serán signos de amor y cuidado. Pero es importante revisar nuestras creencias al usarlos y nuestras formas de hacerlo, porque eso es lo que puede transformar un límite por amor en un límite de control y represión.
¿Para qué usas los límites?
Desde mi punto de vista, es fundamental a la hora de poner límites respetuosos preguntarse cuál es nuestra intención, qué es aquello que nos mueve al ponerlo. Al hacernos esta pregunta es importante observar que tipo de respuestas que nos vienen a la cabeza e intentar ser honestos con la respuesta:
«Pongo el límite para protegerme y que “no se me suban a la chepa»; “para hacerme respetar” ;“para que no sea un malcriado”; “para que no piensen de mi otros adultos que soy un mal padre o mala madre” ;“para que aprenda que en la vida no se puede tener todo” ;“porque me da la gana, yo soy el padre/madre”; “no tengo ni idea, pero es lo que hacen otros”; “en realidad solo quiero descansar”; “ me esta retando y tengo de mostrar firmeza”…
Todas estas respuestas llevan creencias de base que debemos poder reconocer para poderlas desarticular, para poder acercarnos al niño o niña desde una mirada más respetuosa.
- Algunas, tienen en la base la creencia de que el niño tiene una intencionalidad mala, hace lo que hace para molestarte, retarte, avergonzarte.
- Otras creencias tendrán que ver con el concepto de lo que es practicar una BUENA educación para tus peques, según las prioridades de tu familia o de tu contexto social, pero muchas veces no habrás reflexionado sobre las tuyas propias.
- Otras situaciones pueden tener que ver con la desconexión hacia tus propias necesidades de seguridad, de escucha, respeto y la invasión de sentimientos de miedos propios o heridas personales. O a veces están relacionadas con aquello que nosotros no tuvimos o no nos dieron en la infancia: «no vas a ir a la excursión porque yo no pude ir a esas cosas cuando era niño»; «no lo vas a hacer porque yo no quiero» (y quiero sentirme respetado)…
Como podemos ver en las creencias o intenciones anteriores, en ningún momento, el centro de nuestra decisión es el/la niñ@ y el cuidado de su seguridad, su salud o el cuidado del entorno, otras personas o espacios físicos.
Por lo tanto,si los límites no están conectados con ese intencionalidad de cuidar, de atender necesidades y ayudar adaptarse y desarrollarse de manera integral, posiblemente serán límites limitantes, límites que dificultan el desarrollo y el bienestar y que generan en alguien del sistema familiar un malestar innecesario.
¿Cuántos límites son necesarios?
Mi experiencia es que cuanto menos límites y más claros y sencillos pongamos mejor, la convivencia se hace más agradable, tanto en espacios familiares como escolares. Los espacios con muchos límites, muy restringidos, con muy poca flexibilidad suelen generar un ambiente más tenso y dar lugar a mayores conflictos.
Siguiendo con la misma línea argumentativa poniendo el cuidado como la base de los límites, podemos reconocer 3 límites básicos:
- Cuidado de uno mismo
- Cuidado de los otros
- Cuidado del entorno
Tipos
En los límites, además, están aquellos que son innegociables y los negociables o dependientes del contexto. Por ejemplo, es un límite intraspasable (o debería serlo en la mayoría de personas…) que el o la niñ@ se beba un vaso de ginebra. Pero, puede ser cambiante dependiendo del día y el momento, que un padre o madre que ponga límite a la hora de tomar más o menos refresco o zumo.
Cuando los límites son innegociables, no suele haber duda en ponerlo. Por ejemplo, si tu hijo pequeño quiere cruzar la calle sin mirar si hay coches, no se lo vas a permitir. Se lo vas a poder decir con un tono más o menos calmado, utilizando unas palabras u otras, pero el límite lo vas a poner las veces que haga falta porque las consecuencias pueden ser terribles. Y, además, en ningún caso te va a venir un sentimiento de culpa o dudas sobre si es necesario o no poner ese limite.
la reflexión sobre el porqué del límite ya que te va a permitir mostrar más coherencia y posibilidad de negociación y búsqueda de soluciones en común
En cambio, hay muchos otros límites que imponemos a l@s peques que no están tan claros, que no tenemos sabemos si deberíamos ponerlo o no, si son necesarios, si ayudan o limitan o reprimen, lo que nos lleva a que tengamos conductas poco coherentes o consistentes.
De ahí que sea importante la reflexión sobre el porqué del límite ya que te va a permitir mostrar más coherencia y posibilidad de negociación y búsqueda de soluciones.
Por ejemplo, normalmente tus hij@s pueden acostarse a las once pero hoy estás muy cansad@ o necesitas acabar una entrega para el trabajo mañana y quieres que se duerman antes para no poder terminar cuando antes. Puedes optar por imponer que hoy toca dormir a las diez porque mamá o papá lo dice, o puedes explicar la situación a tus hij@s y buscar soluciones en común. Puede que en ese análisis de la situación salgan opciones como que puedan colaborar recogiendo y fregando la cena para quitarte trabajo. O quizás entiendan la situación y jueguen a algo silencioso hasta las once. O aún que no lo creas les puede parecer bien dormir hoy un poco antes.
Informar en vez de limitar
Como vemos en el ejemplo anterior, informar de la situación y de las necesidades en vez de imponer un límite da lugar a que l@s niñ@s puedan reflexionar sobre toda esa información y quizás aportar una solución diferente que se acerque más a lo que ellos desean o necesitan teniendo en cuenta lo que tú como madre o padre necesitas. De esta manera, seguimos en coherencia con los límites porque añadimos nuevos factores a tener en cuenta que explicar el cambio de límite en ese momento, como el cansancio propio o el trabajo extra que explican el porqué del límite.
Informar de las consecuencias en vez de ir con el no por delante, por ejemplo, “Si le golpeas con ese palo, le hara daño” permite al niño o niña construir una razón empática e intrínseca de porqué decido no golpear a otros con palos que se mantendrá en todas las circunstancias.
En cambio, si el límite lo expresamos con un “Eso no se hace” o una amenaza, “Si pegas con el palo, te castigo”, estamos facilitando o bien, que el/la niñ@ cree un comportamiento obediente ciego, es decir, sin razonamiento de base simplemente porque la autoridad lo dice o hay una creencia rígida incuestionable que dice eso y hay que obedecer. O bien, podrá razonar que no se pega porque te castigan, por lo que se puede pegar, siempre que no te pille el posible castigador, es decir, la motivación de no hacer será dependiendo del contexto externo y las consecuencias que pueda sufrir el o ella mism@ pero no el otro.
Además, al informar de la información que debe tener en cuenta el niño o la niña para decidir sobre su conducta también estamos fomentando la autoobservación, el razonamiento social y el autocontrol, habilidades imprescindibles para el autocuidado y las relaciones sociales saludables.
Marta Martínez Lledó
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